La Noche De Los indigentes
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La Noche De Los indigentes

Andrés es un hombre con una historia muy cruda, muy trillada y muy vieja de la que no se esperan detalles no sólo para no amargar a nadie sino porque a nadie le interesa; él es uno de los tantos habitantes de la calle que en esta “Noche de Brujas” ve pasar algo de color en sus ojos, ante tanto gris que lo agobia en lo cotidiano.

El indigente camina por las calles de un colorido barrio que brilla como si fuera navidad, cientos de niños piden dulces con todo tipo de disfraces y los naranjas de las calabazas y las luces se reflejan en sus rostros llenos de felicidad; de verdad hay tanta algarabía y muchedumbre que es incluso difícil notar la condición de Andrés entre tanto uniforme bizarro.

El barrio parece interminable desde cierta perspectiva, al parecer no queda puerta desocupada, ausente de pequeñines que canten el “triqui triqui” y amas de casa que les brinden decenas de sonrisas y coloridas gomitas.

Andrés tiene una cobija sucia al hombro que huele bastante desagradable y la barba y el pelo le hacen un mechero que incluso pueden hacer dudad de su etnia; cansando, desgarbado y con hambre se pregunta con una sonrisa tímida, si será prudente acercarse a las casas en medio de la multitud de niños a pedir un pedazo de pan o incluso, por qué no un dulce.

En la esquina hay una casa medio rosada, varios niños vestidos de felinos se acercan al portón y Andrés decidido les hace escolta sin que ellos no lo noten como para que no se asusten de su presencia; los niños cantan la consabida canción y sale una anciana a dar los dulces, Andrés está dispuesto a poner su cara más miserable para pedir algo, pero súbitamente la anciana saca una bolsa completa de pan y se la entrega y sin explicaciones cierra la puerta en la cara del indigente.

Andrés está consternado pero muy placido y prácticamente se atraganta con su regalo, se pregunta si habrá sido un golpe de suerte o si debe seguir intentándolo, así que esta vez en una casa un poco siniestra sigue rápidamente a unas niñas disfrazadas de hadas y un par de superhéroes; esta vez sale un hombre delgado de lentes con aspecto diligente y nuevamente sin que Andrés musitara una palabra le entrega una torta de cumpleaños y unos pantalones viejos.

Andrés nuevamente se queda sin explicación, pero además no la necesita porque está más que contento y eso le impide pensar en la lógica; ahora lidera un equipo de guerreros y dos abejitas que se dirigen a la casa más pequeña del lugar, abre la puerta una mujer obesa de color y cuando Andrés nuevamente le iba a solicitar el favor esta le dice “tómalo todo buen hombre”, dejándolo con casi toda la bolsa de dulces en medio de los quejidos de sus acompañantes.

La mujer le da una serie de palmaditas en la espalda mientras le sirve un vaso con café caliente y con algunos bastones de dulce pensó contentar a los más pequeños que tampoco parecían muy sorprendidos con la reacción de la señora.

La puerta se cerró y Andrés ya estaba demasiado incrédulo con su situación, no cree que haya sido suerte ni que lo confundieran con un disfrazado, parce haber algo raro en el ambiente que lo empieza a asustar pero a la vez a inquietar y quiere sacarse la duda rápidamente dirigiéndose a una casa donde no hay ningún niño; si lo reciben de igual manera algo pasa y si no, habrá sido sólo una feliz coincidencia.

Timbra y sale una bella mujer que se queda mirándolo fijamente, Andrés también se queda callado esperando si la mujer toma alguna reacción pero la mujer lo mira detenidamente tampoco sin hablarle, así que Andrés finalmente le pregunta: – ¿Tendrá acaso algo de comer que me regale? – . La mujer se le acerca y lo besa apasionadamente, luego saca de sus bolsillos un rollo de billetes y se lo entrega.

La puerta se cierra con un Andrés paralizado quien se pellizca para ver si lo que sucede es un sueño pero no pasa absolutamente nada; Andrés sabe que ha recibido mucho pero está tan confundido que prefiere que le digan que es lo que pasa de una vez , es como si quisiera volver a ser esa sombra que nadie reconoce o que miran con desdén en las calles.

Recorre otras casas incluso cuando ya la afluencia de niños por el sector ya es baja, pero sigue recibiendo más comida, dividendos y sorpresas; él les pregunta el por qué de su reacción pero nadie le contesta, intenta incluso amenazarlos con un “amague” de agresión pero nadie le habla, le dan cualquier cosa y le cierran la puerta en la cara.

Es cierto no está del todo incomodo pues ya completa una bolsa entera de “regalos” pero quiere saber el por qué del trato, se encuentra con una mezcla de sentimientos entre susto, incredulidad, felicidad y nerviosismo, es como si hubiera perdido su identidad y quisiera recuperarla a toda costa.

Falta sólo una casa por visitar y esta vez con toda la seguridad del caso ingresa al umbral de la puerta como cualquier parroquiano esperando de antemano el detalle que le irían a dar; sale un hombre fuerte y calvo con cara de pocos amigos y le dice:- ¿Ud. que quiere?.

Andrés cae en la cuenta de que esto es lo que quería escuchar, pero no puede desaprovechar la oportunidad de oro para saber qué es lo que pasa: – Quiero saber si le parece que tengo un disfraz excelente.

-Que le pasa, ¿Está borracho?.

– Que bien, entonces ¿yo para usted soy un simple indigente? .

– Oiga amigo no tengo tiempo para bromas, ¿es que no se ha visto en un espejo?.

– ¿Pero entonces por qué todos me regalan cosas?.

-¿De qué mierda está hablando? lárguese o llamo a la policía.

Andrés está seguro de que ha vuelto a la realidad y eso lo pone muy feliz, al parecer todo era una casi interminable coincidencia , toma un suspiro y antes de partir quiere darle un estrechón de manos a aquel hombre que lo ha traído de vuelta, incluso quisiera un abrazo, quedará la incógnita de los casos anteriores, pero este tipo se estaba portando como el “común” de los ciudadanos… sin embargo el gesto del indigente es interpretado como un intento de agresión y el hombre empuja violentamente a Andrés hacia el asfalto.

-No me toque Mierda.

-Oiga yo solo quería…

-Cállese o me va a robar a mí, yo si no soy guevon, todo lo que tiene en esa bolsa debe ser robado-. Y sin mediar palabra el “calvo” empezó a patear a Andrés en el piso mientras gritaba a la policía y le arrebataba la bolsa. Como si fuera el pedido más rápido de la historia de la justicia, dos patrullas llegan ipso facto y montan a la brava a Andrés a una de ellas. El indigente sólo quiere explicarles lo que ha pasado, pero los policías lo suben violentamente mientras toman la bolsa de las manos del hombre calvo como si esto representara una prueba irrefutable de robo.

Los policías se montan a las patrullas mientras escuchan el relato del hombre calvo e ignoran por completo los gritos de inocencia de Andrés quien repite que todo es regalado, que él sólo quería un pedazo de pan o en su defecto un dulce.

Ante la algarabía, a la ventana de la patrulla se acerca un niño disfrazado de felino quien tiene un dulce en la mano, Andrés esposado y golpeado observa como el pequeño se acerca a la ventanilla que está un poco abierta y le dice: Si querías un dulce sólo tenías que pedirlo. Y le tira uno de los suyos por la pequeña abertura de la ventana.

-Pero niño, niñoooooo, tu viste que todo fue regalado, yo no robé, yo no robeeeeeé, niñoooooo, ¿cómo que pedir si todo me lo fueron dando?, niñooooooooo, llama a los que me dieron esto para que me ayuden, niñoooooo- . En ese momento el hombre calvo le pega una patada a la patrulla y le dice: – Cállate mierda!!! aquí no vienes a robar.

Las patrullas se retiran con el barrio en completo silencio y ya sin ningún niño en las calles, sólo retumba en el silencio los repetitivos gritos de Andrés y justo cuando se alejan toda la luz del barrio se va…como si nunca hubiera existido los reflejos naranjas de una noche de Halloween.

0 Comentarios desactivados en La Noche De Los indigentes 582 30 octubre, 2010 Blogs octubre 30, 2010

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